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Los sutiles pasos hacia la adicción

Habitualmente tendemos a pensar que las adicciones son algo que nunca nos va a tocar, y que nuestras familias -y nosotros mismos- estamos totalmente resguardados de situaciones de este tipo. Sin embargo, debemos saber que nadie se transforma en adicto de la noche a la mañana, y muchas veces este proceso se da en forma sigilosa, convirtiéndonos lentamente en dependientes de determinadas sustancias, sin siquiera darnos cuenta.

Médicamente, las etapas hacia una adicción (sea a nicotina, cafeína, alcohol, psicofármacos o incluso a la comida), son tres: uso, abuso y dependencia. Cada una de ellas está bien diferenciada por sus características. Sin embargo, las etapas del “abuso” y la “dependencia” tienen rasgos comunes, trazándose un límite muy fino entre una y la otra.

Para determinar si estamos cayendo en una adicción tal vez sin darnos cuenta, debemos analizar nuestras conductas a la luz de los siguientes síntomas:

Etapa 1: el uso

El uso de sustancias potencialmente adictivas es generalmente ocasional. Esto significa que cuando una persona accede a consumir algo (bebida alcohólica, medicamentos u otras drogas), lo hace porque se presenta una oportunidad y no porque salió a buscar hacerlo. El consumo en este caso es auto-limitado; se produce sólo en esa ocasión y no continúa posteriormente. No tiene consecuencias negativas de ninguna naturaleza, ni físicas, ni sociales, ni familiares.

Etapa 2: el abuso

El abuso tiene la característica esencial de que el consumo deja de ser ocasional para ser frecuente. Si alguien consume cierta sustancia todos los fines de semana, eso ya debe ser considerado como “frecuente”. No importa la periodicidad, sino el hecho de que éste se establezca, sea el consumo todos los días, una vez por semana o una vez por mes. Acá empiezan a haber consecuencias negativas en algún episodio de consumo, y para que esto ocurra tiene que estar presente un elemento: la pérdida de control. Es cuando yo digo que voy a tomar una copa de vino y termino tomando dos botellas. Yo mismo pongo límites, pero no los puedo respetar.

En el abuso empieza a aparecer un consumo más buscado, no de una manera muy obsesiva todavía pero sí ya empieza a verse esta idea en los momentos previos a las ocasiones especiales. En una etapa inicial de uso la persona se predispone a ir a la fiesta para pasarla bien; pero cuando uno empieza a pensar en ir a la fiesta para emborracharse, es que ha cambiado el eje de sus prioridades. Posteriormente llega la negación, es decir ese momento en el que la persona piensa que puede controlarlo y empiezan a verse consecuencias negativas sobre las cuales se ponen excusas tales como “en realidad no tomé tanto” o “rara vez uso tranquilizantes para dormir”.

Etapa 3: la adicción

En esta etapa se visualizan las características típicas de la obsesión, porque la idea de consumir empieza a manifestarse de una manera mucho más reiterada. El consumo ya es frecuente o diario y la persona no puede frenar dicho acto. Toma más fuerza el concepto de “tolerancia”. Esto es que a partir de que va pasando el tiempo, uno va aumentando la dosis y el organismo se va adaptando cada vez más a los procesos de tolerancia, tanto cerebral como hepática. Si se lo priva de una sustancia y éste padece síndrome de abstinencia, ese hecho por sí sólo alcanza para hacer el diagnóstico de dependencia, de adicción.

En el caso de la cocaína y la marihuana, en cambio, éstas generan síntomas muy solapados cuando se deja de consumir. Y en el caso del alcohol en particular, aparecen las llamadas “lagunas mentales” en las que la persona se olvida de dónde dejó estacionado el auto; que ya hizo sus trámites, que ya tomó sus pastillas.

¿Cómo detectamos si estamos camino al abuso o adicción?

El abuso llama la atención desde el principio. Si yo adquiero una frecuencia en el consumo, necesito evaluar mi situación y no es fácil que una persona se siente a meditar sobre su condición. Depende de varios factores, entre ellos destacamos la personalidad de cada individuo, su historia y su entorno: hay algunas personas mucho más permeables a los señalamientos familiares y con mayor capacidad de autoevaluación sin que se baje su autoestima. Entonces, si tenemos una familia que señale rápidamente estos cambios de conducta y la persona es segura de sí misma, no está a la defensiva y tiene buenos vínculos familiares, quizás tome esto, lo evalúe y se dé cuenta de que el tema se le está yendo de las manos y debe ser frenado. En cambio, si la familia lejos de señalar la adicción la festeja, además de estar frente a una personalidad a la que el consumo facilita algunas cuestiones de rendimiento social o académico, es difícil que esa persona considere que es realmente algo malo, siendo que le da tantos “beneficios”.

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